Cómo se saca a la izquierda del poder: el método de la nueva derecha, paso por paso
El manual con el que la nueva derecha lleva tres años ganando, de Milei a Bukele a Kast. Documentado paso por paso, y lo que le falta a México para usarlo.
El 21 de junio, Abelardo de la Espriella le ganó la presidencia de Colombia a la izquierda de Gustavo Petro. Ganó por poco, y el conteo todavía se discute, pero su victoria cierra un patrón que ya es difícil de negar: desde 2023 la derecha se llevó la mayoría de las presidenciales de la región. Argentina, Ecuador, El Salvador, Bolivia, Chile, Honduras y ahora Colombia.
Eso no es una racha de suerte. Es un método, con pasos que se pueden nombrar y repetir, y que funcionó con candidatos tan distintos como Javier Milei, Nayib Bukele y José Antonio Kast. Y conviene decirlo claro: Abelardo no lo escribió, lo heredó. Bukele aportó el modelo de seguridad y la maquinaria digital; Milei, el outsider que le habla a la “casta”; Kast, la unidad de la derecha que perdió dividido y ganó junto. De la Espriella juntó las piezas y las ganó. Las desglosamos aquí, con los datos de cada caso, y al final las traducimos a México, donde la izquierda sigue cómoda mientras se cae en todas partes.
Paso 1. Un solo problema
La regla parece obvia y casi nadie la cumple: elegir un problema y no soltarlo. El votante bajo presión no procesa agendas, procesa amenazas. Quien habla de diez temas no deja ninguno en la memoria; quien habla de uno obliga al gobierno a defenderse en el terreno que le conviene al retador.
Abelardo eligió la seguridad, y la eligió donde Petro ya había perdido. Colombia arrancó 2026 con cerca de 27 mil combatientes en grupos armados ilegales, un crecimiento de 23.5% en un solo año, y con los secuestros disparados, según la Fundación Ideas para la Paz (FIP). La agenda se escribía sola. Él no inventó el problema: se subió al que ya existía y el gobierno no podía tapar.
Milei hizo lo mismo con la inflación en Argentina, y Bukele con las pandillas en El Salvador. Cada uno tomó la herida que su gobierno no podía esconder y la convirtió en toda la campaña. El error que arruina este paso es repartirse en varios temas para no dejar a nadie fuera, o elegir uno abstracto, como “la democracia” o “las instituciones”, que moviliza a los analistas pero no al que vota con miedo en el cuerpo.
Paso 2. El expediente, no el adjetivo
Documentar el fracaso es la verdadera llave del método, y la que más se descuida. Llamar “corrupto” o “fracasado” a un gobierno es una opinión, y una opinión se rebate sola. El número, la fecha, el monto y el nombre no se rebaten, porque salen de las cifras del propio Estado.
La “paz total” de Petro no fue solo un eslogan vacío: fue un expediente. El gobierno destinó decenas de miles de millones de pesos a diálogos con grupos armados sin resultados de seguridad, mientras homicidios y secuestros subían y los ataques con drones explosivos más que se duplicaban de un año a otro (Infobae; El Observador). El que llega con esos datos no parece agitador. Parece fiscal.
Hay dos formas de echar a perder este paso. Una es exagerar o inventar: un solo dato falso destruye todo el expediente y convierte al candidato en el mentiroso de la historia. La otra es presentar las cifras como un informe técnico, frías y sin rostro. El número convence cuando lleva una historia: a quién le pasó, dónde y cuándo.
Paso 3. El outsider
Después de probar que el gobierno falló, el votante hace una pregunta que el outsider responde con su sola biografía: ¿por qué le confiaría esto a alguien del mismo sistema? La falta de cargos previos, que los partidos tradicionales venden como debilidad, se vuelve credencial. “Yo nunca administré este desastre.”
De la Espriella es abogado penalista. Fundó su movimiento, Defensores de la Patria, apenas meses antes de la elección, sin partido y sin haber ocupado un cargo público, y ganó con cerca de 13 millones de votos (El Tiempo). Milei era un economista de televisión que llevaba años fuera de la política profesional cuando llamó “casta” a toda la clase dirigente. Bukele llegó a la presidencia salvadoreña después de romper con los dos partidos históricos del país.
Conviene leer la letra chica de este paso, porque es el más riesgoso del método. El outsider que gana no es cualquier desconocido: conoce a fondo el problema que prometió resolver y tiene una historia personal que aguanta el escrutinio. El falso outsider, el político de veinte años de partido disfrazado de ciudadano, no engaña a nadie. Y el improvisado que tampoco sabe del tema pierde en cuanto la discusión se pone técnica.
Paso 4. Ganar el algoritmo, no el noticiero
Aquí la derecha lleva tres décadas equivocándose. Sigue peleando por la cobertura de la televisión, cuando la elección se decide en el teléfono. El noticiero selecciona, edita y encuadra; el algoritmo reparte directo a millones de personas que el noticiero nunca convocó, y por una fracción del costo.
La campaña de Abelardo dominó TikTok e Instagram, con creadores e influencers que lo amplificaban sin coordinación central (El Espectador). El caso de referencia es Milei en 2023: su equipo digital, encabezado por un estratega de 23 años, llevaba sus videos a un alcance que sus rivales ni rozaban, con la mayoría de sus seguidores entre los 13 y los 24 años (Infobae). Bukele superó los 11 millones de seguidores en TikTok y gobierna anunciando políticas por red social antes de que pasen por el gabinete.
El detalle que pocos políticos conservadores entienden: esto no se compra, se construye. Milei gastó menos que sus contrincantes y los aplastó en redes. El error clásico es tratar las plataformas como un noticiero digital, subiendo conferencias de prensa y boletines convertidos en imagen. El segundo error es tercerizar todo a una agencia que no entiende ni al candidato ni la política. La autenticidad en redes se nota, y la falta de ella también.
Paso 5. La identidad
La gente no vota solo con la cabeza. Vota con pertenencia. Una identidad visual de bajo costo convierte a un votante pasivo en alguien que sale a convencer a otros, y al adversario le quita la posibilidad de refutarla sin atacar a las personas que la cargan.
De la Espriella se puso la camiseta de la selección colombiana en pleno Mundial y pidió a sus votantes usarla el día de la elección. Convirtió un partido de fútbol en una marcha, y varios jugadores reaccionaron a su triunfo el mismo 21 de junio (Semana). El apodo, “El Tigre”, se lo puso la gente antes que un publicista. Milei tuvo la motosierra: no la explicó, la blandió, y el objeto hizo el argumento (CNN).
La identidad que funciona nace de un rasgo real del candidato, amplificado. La que se fabrica en una reunión de consultores huele a publicidad y el votante lo percibe. Y hay un límite: una tribu demasiado cerrada consolida una base, pero bloquea el crecimiento hacia el votante que aún no está convencido.
La traducción a México
México tiene todo el material para aplicar el método. Lo que no tiene, todavía, es quién lo use.
El problema está claro: la inseguridad. Es el único que llega a todos los estratos y es la promesa que más incumplió el gobierno, que ofreció paz con la consigna de “abrazos, no balazos”. México cerró 2024 con alrededor de 33 mil homicidios, según INEGI; el registro nacional de personas desaparecidas supera las 130 mil; y la extorsión marcó en 2025 su nivel más alto en una década, con un ritmo de una víctima cada pocos minutos en 2026 (INEGI; COPARMEX).
Los expedientes sobran, y todos se pueden documentar sin un adjetivo. El desfalco de Segalmex, con un desvío que la Auditoría Superior estimó en miles de millones de pesos y decenas de exfuncionarios detenidos (La Silla Rota). El huachicol fiscal, con una denuncia en la Fiscalía y cateos de autoridades estadounidenses en Houston por importación ilegal de combustible (Azteca Noticias). Los señalamientos por declaraciones patrimoniales que no cuadran. Y, sobre todo, Pemex: un agujero fiscal de cientos de miles de millones de pesos que el erario rescata año con año, dato duro y auditado (Expansión). Todos son casos con investigaciones abiertas; el oficio está en leerlos en voz alta, con número y fecha, sin bajarles el tono al lenguaje “institucional” que los vuelve aburridos.
El outsider todavía no existe con viabilidad probada, pero el mercado para él es enorme: cerca de cuatro de cada diez mexicanos dicen que ningún político los representa. Los nombres de hoy no sirven. Samuel García es gobernador en funciones, es decir, parte del sistema por definición. Ricardo Anaya carga el estigma de 2018 y representa la clase política que el votante ya rechazó.
El algoritmo está libre. La oposición le habla a los noticieros y a sus propias bases, que son mayores, y le cede a Morena al votante joven, que es el que más pierde con este gobierno y el que vive en TikTok. Competir ahí no es abrir una cuenta y subir comunicados. Es talento joven, formato corto y un dato por video.
Queda un cuidado, en el paso de la identidad. El hilo que une todos los expedientes es una pregunta incómoda, “¿dónde está?”, que sirve lo mismo para el dinero de Segalmex que para los desaparecidos. Pero el lenguaje del desaparecido pertenece a sus familias. La oposición puede acompañar ese dolor; apropiárselo le costaría caro y estaría mal.
Y hay un dato que conviene tener presente contra la idea de una Morena invencible: las encuestas que la pintan con 69% o 70% de aprobación salen, en buena parte, de casas afines al gobierno. La encuestadora independiente AtlasIntel ubicó a Sheinbaum cerca del 51%. La diferencia entre esos números no es estadística, es narrativa. Y donde la oposición de verdad compite, esa narrativa se rompe: en Coahuila, el PRI le ganó a Morena los 16 distritos del Congreso local, 16 a 0, en un estado que no cambia de partido desde hace casi cien años.
Lo que falta no es razón, es voluntad
Colombia parecía un caso perdido hace cuatro años. Petro ganó con la bandera del cambio y la convirtió en un fracaso documentado: más inseguridad, más deuda, una paz que no llegó. La derecha, en vez de lamentarse, buscó a alguien que hablara claro, que no debiera favores, que dominara las redes y que pusiera la seguridad al centro. Y armó la unidad y la estructura para que ese mensaje aterrizara en votos.
México no está mejor que la Colombia de 2022. Tiene el problema, tiene los expedientes, tiene el mercado para un outsider y tiene el ecosistema digital donde el formato directo puede romper la hegemonía de Morena. Le falta la unidad, que el PAN, el PRI y Movimiento Ciudadano se niegan a construir, y le falta la maquinaria que convierte el ruido en votos. Las intermedias de 2027 son el entrenamiento; 2030 es la elección de fondo. El método está a la vista y ya funcionó a dos mil kilómetros. Lo demás es decisión.







