Cuando la verdad se vuelve irrelevante: Joaquín Rodríguez
Ya no se miente para ocultar un error: la verdad dejó de importar. De la homonimia en Nuevo León a los deepfakes contra la presidenta, gana la mentira que mejor encaja con el prejuicio.
.Hubo un tiempo en que la verdad era el destino final de cualquier debate político. Podíamos discutir sobre los caminos para llegar a ella, pero compartíamos un norte común: lo que es, es, y lo que no, simplemente no lo es. Hoy, ese norte parece haber sido desmantelado. Ya no estamos en una época donde se miente para ocultar un error; estamos en una era donde la verdad, sencillamente, ha dejado de importar. Se ha vuelto irrelevante.
El ecosistema de la posverdad no tiene ideología fija ni distingue colores partidistas; es una dinámica tóxica donde el fin justifica los medios y la prisa por destruir al adversario sepulta la rigurosidad más elemental.
Un ejemplo pragmático de este fenómeno ocurrió en Nuevo León con las denuncias contra Jorge Rodríguez Cantú, hermano de Mariana Rodríguez. Las acusaciones lo señalaron como socio de empresas médicas con contratos millonarios. Sin embargo, el “gran hallazgo” se desmoronó ante los registros oficiales: era un burdo caso de homonimia. Mientras el hermano de la influencer es un joven profesionista que apenas ronda los 30 años, el verdadero dueño registrado en los contratos es un médico nacido en la década de los 50. Demostrar que el implicado real tiene casi 70 años no detuvo la narrativa; en la propaganda, la difamación inmediata importa más que la verdad biológica y legal.
Pero este juego es de doble vía. La oposición (PAN, PRI, PRD) recurre con frecuencia al mismo desprecio por los hechos en su afán por erosionar al gobierno. Un ejemplo claro ha sido la constante difusión de videos manipulados y audios creados con inteligencia artificial (deepfakes) para alterar las palabras de figuras clave como la presidenta Claudia Sheinbaum. Cuentas y políticos opositores han esparcido clips editados digitalmente donde supuestamente los líderes oficialistas “confiesan” que van a confiscar cuentas bancarias o insultan a sus propios votantes. Aunque los portales de verificación demuestran de inmediato que son montajes, la oposición prefiere mantener el pánico digital activo. El impacto de un video falso compartido miles de veces por WhatsApp pesa más que un desmentido técnico.
“Cuando todo es una cuestión de narrativa, el dato frío y matizado siempre lleva las de perder frente a la ficción perfectamente empaquetada para indignar”.
El peligro real de que la verdad sea secundaria no solo se queda en las cúpulas políticas, sino que envenena la percepción ciudadana en momentos de crisis. El pasado 22 de febrero, tras un operativo federal en Jalisco que desató narcobloqueos e incendios en el Área Metropolitana de Guadalajara, las redes sociales se inundaron de un rumor generalizado y cruel: “La policía municipal nos abandonó, no salieron a las calles”. La narrativa del desamparo corrió con fuerza, ignorando por completo la realidad del terreno. Bajo el protocolo de Código Rojo, los elementos locales y estatales sí salieron a patrullar y a confrontar la situación. El costo de esa respuesta desmiente el mito de la inacción de forma trágica: en el cumplimiento de su deber, se registraron enfrentamientos directos que cobraron vidas, incluyendo el fallecimiento de un elemento de la Fiscalía del Estado de Jalisco. El rumor ciudadano, alimentado por el miedo, terminó borrando el sacrificio de quienes arriesgaron y perdieron la vida en el asfalto.
Al final, el diagnóstico es el mismo para todo el espectro social y político. Ya sea mediante acusaciones construidas sobre errores de identidad, la difusión de deepfakes para sembrar terror o la compra de teorías de conspiración en medio del caos, la dinámica de fondo es idéntica: la gente prefiere creer la mentira que mejor encaja con sus propios prejuicios.
Caminar por un país donde la propaganda y el rumor pesan más que los hechos es navegar sin brújula en medio de la niebla. El verdadero peligro de nuestra época no es la falta de información, sino que hayamos decidido que la verdad es un detalle prescindible. Porque tarde o temprano la realidad física —esa que no responde a narrativas, ni a tendencias de Twitter, ni a discursos de campaña— termina cobrando la factura de la forma más dolorosa posible.


