El delirio de lo humano: Therians, disforia de especie y la disolución de la identidad en la era digital
Si un hombre puede ser mujer, ¿por qué no puede ser lobo?
Por: Mariana L. Benavides de la Torre
I. Introducción: cuando los niños ladran en las escuelas
En 2022, un video viral mostraba a supuestos estudiantes estadounidenses maullando y ronroneando en aulas escolares, exigiendo cajas de arena para sus “necesidades”. La opinión pública, perpleja, descubrió entonces la existencia de los “therians”: personas que se identifican espiritual o psicológicamente con animales no humanos. Lo que parecía una anécdota extravagante —otra excentricidad más de una sociedad que ha perdido el norte— es en realidad la punta del iceberg de un fenómeno mucho más profundo y preocupante.
Hoy, los “therians” saltan, trotan y usan máscaras y colas mientras se graban en campos abiertos, y sus vídeos acumulan millones de visualizaciones en TikTok (Reyes, 2025). Pero no nos engañemos: esto no es una moda inofensiva. Es el síntoma más reciente de una crisis civilizatoria que lleva décadas gestándose: la disolución de los límites ontológicos básicos que han sostenido nuestra cultura.
El fenómeno “therian” —cuyo término proviene del griego therion (bestia) y anthropos (ser humano)— no surgió en Sudamérica, sino en los foros digitales de los años noventa (Theriantime, s.f.). Allí, personas que sentían una identificación interna con animales comenzaron a construir un lenguaje propio. Lo que empezó como una rareza de nicho en Usenet —concretamente en el grupo “alt.horror.werewolves” en 1992 (Otherkindfaq, 2019)— se ha convertido, tres décadas después, en una identidad reivindicada por adolescentes que exigen ser reconocidos como “especie disfórica”.
Como articulista de una tradición que aún cree en la existencia de verdades objetivas, en la naturaleza humana y en el realismo filosófico más elemental, me propongo analizar este fenómeno con la crudeza que merece. Porque lo que está en juego no es si un muchacho quiere ponerse una cola de zorro. Lo que está en juego es si nuestra civilización seguirá teniendo los recursos conceptuales para distinguir entre un ser humano y un perro.
Para quienes creen que nombrar la realidad todavía importa.
II. ¿Qué son los therians? Una taxonomía del extravío
Conviene, antes de cualquier juicio, entender de qué hablamos. Los “therians” son personas que “se identifican, en cierto nivel, como criaturas diferentes al ser humano”, según Elizabeth Fein, profesora de psicología en la Universidad Duquesne. A diferencia de los “furries” —aficionados a personajes antropomórficos que crean avatares llamados fursonas sin creer que son esos animales— los “therians” afirman que su identificación no es recreativa ni artística, sino que forma parte de su esencia interna o espiritual.
El estudio publicado en Neuroscience & Biobehavioral Reviews (Guessoum et al., 2025) distingue varias categorías: los “polytherians”, que se identifican con múltiples especies; los “paleotherians”, que afirman ser animales extintos. Utilizan términos como “disforia de especie” para describir su sensación de desconexión con sus cuerpos humanos, y algunos incluso se autodenominan “transespecie”, estableciendo un paralelismo explícito con la identidad de género.
Los “otherkin” (Grokipedia, s.f.), por su parte, constituyen una categoría más amplia que incluye a quienes creen tener alma de criaturas míticas —elfos, dragones, hadas—, mientras que los “therians” circunscriben su identidad a animales terrestres (Kin-Assistance, s.f.). Todos ellos, sin embargo, comparten un rasgo fundamental: afirman ser, en algún nivel, algo distinto a lo humano.
La comunidad “therian” distingue entre “teriantropía espiritual” (creencias de reencarnación o alma animal) y “teriantropía psicológica” (explicaciones basadas en neurodivergencia o personalidad) (Therian Wiki, s.f.). Algunos reportan experimentar “cambios” (shifts): estados en los que su mente opera de manera más animal, aunque insisten en que conservan el control y no pierden contacto con la realidad.
Esta insistencia en la cordura —”no estamos locos, no somos como la licantropía clínica“— es precisamente uno de los aspectos más inquietantes del fenómeno. Porque si no es una enfermedad, ¿qué es?
III. La frontera borrosa: ¿identidad o patología?
Los defensores de la identidad “therian” se esfuerzan por distinguirse de la licantropía clínica, un trastorno psiquiátrico documentado en el que la persona cree delirantemente que se transforma físicamente en animal. Un estudio publicado en Neuroscience & Biobehavioral Reviews (Guessoum et al., 2025) examinó 77 casos clínicos de teriantropía, asociándose con trastornos psicóticos (41%), depresión psicótica (24%) y trastorno bipolar (18%).
La comunidad “therian” argumenta que ellos no padecen delirios: saben que tienen cuerpos humanos, no creen transformarse físicamente y pueden ser “razonados”. Un participante en un foro “therian” (Therian Guide, s.f.) explica la diferencia: el paciente con licantropía clínica “fue hospitalizado, sedado, y su creencia sobre ser un hombre lobo se disipó gradualmente con antipsicóticos”, mientras que un “therian” es una “persona lúcida, analítica y racional que intenta poner experiencias de toda una vida en un contexto sensato”.
Esta distinción, sin embargo, es mucho más frágil de lo que pretenden. El propio estudio académico citado propone “un espectro diagnóstico que incluye casos clínicos y no clínicos, estos últimos comprendiendo therians, furries, otherkin y otras personas que experimentan niveles variables de identificación con animales”. Es decir, los propios investigadores reconocen que existe un continuo, no una separación nítida.
La pregunta que debemos hacernos es: ¿cuándo una “identidad” deja de ser una peculiaridad inofensiva y se convierte en un problema? Los manuales diagnósticos como el DSM-5 no reconocen la identidad “therian” como trastorno, pero esto dice más sobre la evolución de la psiquiatría —cada vez más reacia a patologizar conductas por miedo al estigma— que sobre la naturaleza del fenómeno.
La clave está en el criterio de “interferencia con el funcionamiento normal de la vida”. Los profesionales de salud mental no consideran enfermos a quienes se autodenominan “therians”, a menos que sus creencias interfieran con el funcionamiento normal de sus vidas. Pero este criterio es peligrosamente subjetivo: ¿qué significa “funcionamiento normal” en una sociedad que ha normalizado lo anormal? ¿Acaso no interfiere con una vida humana adulta pasar las tardes gateando y ladrando en un parque?
IV. La analogía peligrosa: disforia de especie y disforia de género
Uno de los aspectos más inquietantes de este movimiento es su apropiación del lenguaje y los conceptos de la ideología de género. El término “disforia de especie” (species dysphoria) se acuñó explícitamente como paralelo a la “disforia de género”.
La investigadora Kathleen Gerbasi y sus colegas señalaron “las similitudes entre la disforia de especie y la disforia de género, lo que los llevó a sugerir tentativamente un diagnóstico médico de trastorno de identidad de especies“ (Guessoum et al., 2025). Algunos “therians” apoyan esta comparación, afirmando que “ambas disforias se parecen”. Otros van más allá y adoptan la identidad “transespecie”, fomentando explícitamente “las similitudes entre identificarse como una especie diferente y un género diferente”.
Esta no es una coincidencia inocente. Es la consecuencia lógica de un marco conceptual que ha disuelto la noción de verdad biológica. Si el sexo es una construcción social y la identidad de género es una cuestión de autopercepción —nos han repetido hasta la saciedad—, ¿por qué iba a ser diferente con la especie?
Un participante en un estudio de Devin Proctor afirmó que “sería mejor considerar la disforia de especie como una forma de neurodiversidad, en lugar de como un diagnóstico médico”. La neurodiversidad —otro concepto que ha sufrido una expansión semántica incontrolada— se convierte así en el cajón de sastre que legitima cualquier experiencia subjetiva como variante natural de lo humano.
Los activistas “therian” utilizan el mismo esquema argumental que los activistas trans: “sentirse atrapado en un cuerpo equivocado“, “incongruencia entre el cuerpo físico y el sentido interno de uno mismo”, “derecho a ser reconocido como lo que uno realmente es”.
La lógica es idéntica. Y si aceptamos la premisa —que la identidad autopercibida prevalece sobre la realidad biológica—, no hay razón lógica para detenerse en el género. Los “therians” lo han entendido perfectamente. Nosotros, sin embargo, seguimos debatiendo si un hombre puede ser mujer, mientras ellos ya han dado el siguiente paso: un humano puede ser lobo.
V. Raíces filosóficas: el nominalismo y la muerte de la esencia
Para comprender cómo hemos llegado hasta aquí, debemos remontarnos a la historia de las ideas. El fenómeno “therian” no es un accidente, sino la consecuencia lógica de una tradición filosófica que ha ido erosionando, siglo tras siglo, la noción de naturaleza humana.
El nominalismo medieval —la doctrina que niega la existencia de universales y afirma que solo existen los individuos particulares— sembró la semilla. Si no hay “naturaleza humana” sino sólo seres humanos concretos, cada uno con sus accidentes y peculiaridades, la puerta queda abierta para que cualquier característica pueda ser redefinida como esencial.
El empirismo británico continuó la labor: si todo conocimiento procede de la experiencia sensible, y la experiencia de cada individuo es intransferible, ¿quién puede decirle a alguien que su vivencia de ser un lobo encerrado en cuerpo humano no es verdadera para él?
La Ilustración, paradójicamente, profundizó el problema. Al poner la autonomía individual como valor supremo, sentó las bases para que el “yo” se convirtiera en el único árbitro de la verdad moral y ontológica. Si la dignidad humana reside en la capacidad de autodeterminación, ¿quién soy yo para decirle a otro que no puede autodeterminarse como lobo?
El romanticismo exaltó el sentimiento por encima de la razón, la intuición por encima de la tradición. El “therian” que “siente” que es un gato apela directamente a esta herencia: su sentimiento es la prueba de su identidad.
El existencialismo ateo —”la existencia precede a la esencia”— remató la faena. Si no hay naturaleza humana dada, si todo lo que somos es producto de nuestras elecciones y autodefiniciones, entonces elegir ser lobo es tan legítimo como elegir ser filósofo.
Finalmente, el posmodernismo ha llevado estas premisas hasta sus últimas consecuencias: todo es construcción social, todo es texto, todo es interpretación. La biología es un relato más, la taxonomía una imposición de poder, la distinción entre humano y animal una ficción occidental.
Los “therians” son, sin saberlo, los herederos de esta tradición. Son nominalistas radicales que niegan la existencia de la especie humana como categoría real. Son empiristas que elevan su experiencia subjetiva a categoría ontológica. Son románticos que veneran el sentimiento como fuente de verdad. Son existencialistas que eligen su esencia. Son posmodernos que deconstruyen la dicotomía humano/animal.
Pero lo que ellos no ven —y lo que nosotros debemos señalar— es que esta tradición es autocontradictoria. Si todo es construcción social, también lo es su identidad como “therians”. Si todo es texto, su “animal interior” es tan ficticio como cualquier personaje de ficción. Si toda clasificación es una imposición de poder, ¿por qué reclaman el reconocimiento social de su clasificación autoimpuesta?
El “therian” exige ser reconocido por una sociedad cuya objetividad se niega. Es el gran parásito conceptual de nuestro tiempo: vive de los restos de un orden que contribuye a destruir.
VI. El papel de la tecnología: foros, redes y la cámara de eco identitaria
El fenómeno therian no habría alcanzado su forma actual sin Internet. Los primeros foros en los años noventa —alt.horror.werewolves (Wikipedia, s.f.), las listas de correo como Elfinkind Digest (Marshmink, 2014)— proporcionaron el caldo de cultivo. Personas que hasta entonces habían vivido su “identidad animal” en solitario descubrieron que había otras con experiencias similares. El aislamiento cesó; la validación mutua comenzó.
Un “therian” describe así su descubrimiento de la comunidad:
“Cuanto más leía, más impresionado estaba con lo que se decía y comencé a pensar en mi propia vida en ese contexto. Empezó una lista gigante de: ‘¡Yo también hago eso!’, ‘Así que por eso hacía aquello...’, ‘¡No puede ser! ¡He hecho esto desde que podía comprender lo que eran los animales!’. Finalmente me quedé sentado y todos estos recuerdos de mi infancia, que creía olvidados, emergen.”
Este testimonio es revelador. La comunidad no sólo valida la identidad, sino que reinterpreta el pasado en términos de esa identidad. Recuerdos que antes no tenían significado particular se convierten en “pruebas” de la naturaleza animal. El relato identitario coloniza la memoria.
Las redes sociales han multiplicado exponencialmente este fenómeno. TikTok e Instagram han dado visibilidad masiva a los therians (Reyes, 2025). El hashtag #Therian acumula millones de visualizaciones. Jóvenes de todo el mundo ven a otros saltando, trotando, usando máscaras y colas. La imitación, el deseo de pertenencia, la búsqueda de atención —motivaciones humanas, por cierto, muy poco animales— impulsan la expansión del fenómeno.
Los algoritmos de recomendación, que premian el contenido extravagante y emocionalmente cargado, convierten la identidad therian en un producto viral. Un adolescente solitario y confuso encuentra en estos vídeos una explicación para su malestar: no es que tenga problemas de adaptación, es que es un lobo atrapado en el cuerpo humano. La narrativa identitaria ofrece consuelo inmediato —”no estás solo, hay otros como tú”— a costa de alienarlo más profundamente de la realidad.
No existen estadísticas oficiales sobre el número de therians, y eso es significativo. Estamos ante un fenómeno amplificado por las redes, no ante un movimiento masivo. Pero la viralidad no requiere masividad: basta con que el concepto circule, que normalice lo anormal, que desplace los límites de lo pensable.
VII. La respuesta: realismo filosófico y naturaleza humana
Frente a esta disolución de las categorías fundamentales, es necesario recordar las verdades más elementales que nuestra civilización ha sostenido durante milenios.
Primera verdad: El ser humano es un compuesto de materia y forma, de cuerpo y alma. No somos espíritus puros atrapados en cuerpos, ni meros cuerpos sin alma. Somos una unidad sustancial. La noción de un “alma de lobo” en un cuerpo humano es metafísicamente absurda: el alma es la forma del cuerpo, aquello que hace que un cuerpo sea lo que es. Si tienes cuerpo humano, tienes alma humana. No hay excepción.
Segunda verdad: La especie no es una construcción social, sino una realidad natural. Las clasificaciones biológicas no son imposiciones arbitrarias de poder, sino aproximaciones a estructuras reales del mundo. Un perro engendra perros; un humano engendra humanos. Esto no es ideología, es observación empírica repetible y verificable.
Tercera verdad: La identidad no es autodeterminación absoluta, sino reconocimiento de lo que uno es. Nadie “decide” su sexo, su especie, su naturaleza. Puede elegir cómo vivirla, qué significado darle, cómo integrarla en su proyecto vital. Pero no puede elegir los datos básicos de su existencia sin caer en la ficción o el autoengaño.
Cuarta verdad: La libertad humana no consiste en crear la propia naturaleza, sino en realizarla. Somos libres para desarrollar nuestras potencialidades, para cultivar virtudes, para dar forma a nuestra vida dentro de los límites de lo humano. Pretender ser otra cosa no es libertad, es esclavitud a una fantasía.
Los therians que experimentan malestar con su cuerpo humano merecen compasión, no burla. Pero la compasión verdadera no consiste en validar su delirio, sino en ayudarles a integrar su malestar en una comprensión realista de sí mismos. Si un adolescente se siente “atrapado en el cuerpo equivocado”, la respuesta no es cambiar la realidad para adaptarla a su sentimiento, sino ayudarle a entender por qué siente eso y cómo vivir humanamente ese sufrimiento.
La “disforia de especie” no es una variante de la neurodiversidad que deba ser celebrada y afirmada. Es, en el mejor de los casos, una metáfora confundida con realidad; en el peor, un síntoma de problemas más profundos que requieren atención psicológica seria.
VIII. Consecuencias sociales: cuando lo real se disuelve en lo virtual
El fenómeno therian tiene consecuencias que trascienden a los individuos implicados. Afecta al conjunto de la sociedad, erosionando los fundamentos simbólicos y conceptuales que hacen posible la vida en común.
En primer lugar, erosiona la confianza en el lenguaje. Si las palabras dejan de designar realidades objetivas y pasan a expresar meras preferencias subjetivas —”soy un lobo” significa “me gusta identificarme con lobos”— el diálogo se vuelve imposible. No podemos debatir sobre nada si no compartimos un mínimo de referencias comunes.
En segundo lugar, socava la autoridad de las instituciones educativas y sanitarias. Los rumores sobre estudiantes que exigen cajas de arena en las escuelas —desmentidos por verificadores como Reuters y Associated Press— son falsos, pero su circulación revela una ansiedad real: la percepción de que las escuelas han abdicado de su papel formativo para convertirse en validadoras de cualquier autopercepción adolescente.
En tercer lugar, alimenta una política identitaria fragmentadora. Los therians, como otros colectivos, aprenden a concebirse como víctimas de una sociedad que no reconoce su “verdadera identidad”. El lenguaje de los derechos, la queja, la exigencia de reconocimiento público, sustituye a la integración y la participación en una comunidad más amplia.
En cuarto lugar, trivializa el sufrimiento real. Personas con trastornos psicóticos genuinos, con disforia de género, con problemas de identidad graves, ven cómo sus categorías diagnósticas son apropiadas y diluidas por modas virales. La comparación entre disforia de especie y disforia de género, por ejemplo, no sólo es conceptualmente errónea, sino que ofende a quienes luchan con problemas reales de identidad sexual.
Finalmente, normaliza la huida de lo humano. En una época de incertidumbre, soledad y ansiedad, la fantasía de ser otra cosa —un lobo libre, un gato independiente, un dragón poderoso— resulta tentadora. Pero la madurez consiste en aceptar los límites de la condición humana y construir sentido dentro de ellos, no en evadirse hacia ficciones infantiles.
IX. Conclusión: defender lo humano
Los therians no son una amenaza. Son el síntoma de una amenaza mayor: una cultura que ha perdido la capacidad de nombrar la realidad, que ha sustituido la verdad por la autenticidad, la naturaleza por la construcción, la especie por la identidad autopercibida.
Los jóvenes que hoy ladran y maúllan en vídeos de TikTok no son monstruos ni herejes. Son, en muchos casos, muchachos confundidos que buscan pertenencia y significado en un mundo que les ofrece poco más que consumo y validación superficial. Merecen comprensión, pero también —y esto es crucial— merecen que alguien les diga la verdad.
La verdad es que no son lobos. Son seres humanos, con toda la grandeza y la miseria que eso implica. La grandeza: capacidad de amar, de crear, de conocer, de trascenderse. La miseria: limitación, sufrimiento, muerte. Ser humano es aceptar ambas caras de la moneda, no evadirse hacia una fantasía animal que promete una inocencia imposible.
La tradición filosófica que defendemos —realista, clásica, humanista— tiene recursos sobrados para responder a este desafío. Aristóteles, Tomás de Aquino, incluso el sentido común más elemental, nos recuerdan que las cosas son lo que son, no lo que nosotros sentimos que son. Un perro es perro aunque se sienta humano; un humano es humano aunque se sienta perro.
El fenómeno therian pasará, como pasan las modas. Lo que quedará —si no reaccionamos— es la erosión de las categorías que nos permiten entender el mundo. Cuando un niño pueda preguntar “¿por qué no puedo ser un gato?” y los adultos no sepamos responder con argumentos sólidos, habremos perdido algo irremplazable.
Defender lo humano no es una opción entre otras. Es la condición de posibilidad de cualquier debate, cualquier derecho, cualquier convivencia. Porque si no sabemos qué es un ser humano, ¿cómo podremos defender su dignidad?
Los “therians” nos obligan a preguntarnos: ¿creemos todavía en la naturaleza humana, o hemos renunciado a ella? Mi respuesta es clara. La suya, espero, también.
Mariana Benavides de la Torre es investigadora y analista político. Sus columnas defienden la tradición humanista y el realismo filosófico frente a las modas intelectuales contemporáneas.
Referencias
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Marshmink. (2014). A really brief history of otherkin and therians. Tumblr. https://www.tumblr.com/marshmink/86612664514/a-really-brief-history-of-otherkin-and-therians
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Reyes, D. (2025). ¿Quiénes son los therians y por qué se viralizan? El Día. https://eldia.com.do/quienes-son-los-therians-y-por-que-se-viralizan/
Therian Guide. (s.f.). Therian Guide Forums Archive – Thread 9309. https://forums.therian-guide.com/archive/index.php?thread-9309.html
Therian Wiki. (s.f.). Therianthropy. Therian Fandom Wiki. https://therian.fandom.com/wiki/Therianthropy?diff=prev&oldid=9152
Theriantime. (s.f.). History of therianthropy and the therian community. WordPress. https://theriantime.wordpress.com/history-of-therianthropy-and-the-therian-community/
Wikipedia. (s.f.). Therianthropy – Revision history. https://en.wikipedia.org/w/index.php?title=Therianthropy&diff=20229533&oldid=20229454








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