La psicología del enemigo político: fabricar enemigos, dividir ciudadanos
Cómo los liderazgos convierten al adversario en amenaza — y qué le cuesta eso a una democracia
Toda sociedad democrática tiene desacuerdos. Las diferencias de opinión, de ideología y de propuestas son parte natural de la vida política. Sin embargo, existe una diferencia importante entre tener un adversario político y construir un enemigo. La psicología política denomina este fenómeno como la psicología del enemigo político, un proceso mediante el cual un grupo deja de percibir a quienes piensan diferente como ciudadanos con ideas distintas y comienza a verlos como una amenaza para la nación, los valores o el bienestar colectivo. Cuando esto ocurre, el debate pierde espacio y lo ocupa la confrontación.
Este proceso no surge de manera espontánea. La psicología social ha demostrado que las personas tienden a dividir el mundo entre «nosotros» y «ellos», favoreciendo a quienes consideran parte de su grupo y desconfiando de quienes perciben como externos. Los líderes políticos conocen este mecanismo y, en ocasiones, lo utilizan para fortalecer la identidad de sus seguidores. Al presentar a un grupo como responsable de los problemas del país, se simplifica una realidad compleja y se ofrece una explicación emocionalmente atractiva: si existe un enemigo, entonces también existe alguien que promete derrotarlo.
En ese contexto aparecen los enemigos públicos inexistentes o exagerados. No significa que los desacuerdos o los conflictos no existan, sino que determinadas personas, instituciones o sectores sociales son presentados como responsables absolutos de todos los males. Intelectuales, periodistas, jueces, empresarios, organizaciones civiles, o incluso ciudadanos que expresan opiniones distintas pueden convertirse en símbolos de un supuesto peligro para la sociedad. La complejidad desaparece y es sustituida por una narrativa sencilla: «ellos son el problema».
¿Por qué resulta tan útil esta estrategia para un gobierno o para un movimiento político? Porque la existencia de un enemigo genera cohesión interna. Cuando las personas sienten que enfrentan una amenaza común, suelen cerrar filas alrededor del liderazgo, disminuyen las críticas internas y aumenta la disposición a justificar decisiones extraordinarias. Además, concentrar la atención en un enemigo desvía el debate sobre problemas estructurales, errores de gestión o resultados insuficientes. En lugar de preguntarse cómo resolver los desafíos públicos, la conversación gira en torno a quién debe ser señalado como culpable.
El riesgo es que, con el tiempo, la percepción sustituya a la evidencia. Cuando un enemigo es construido a partir de discursos repetidos más que de hechos verificables, la sociedad puede comenzar a aceptar restricciones a derechos, descalificaciones permanentes o actos de exclusión contra personas que simplemente piensan distinto. La sospecha se convierte en norma y el diálogo en una señal de debilidad. En ese ambiente, cualquier crítica puede interpretarse como una traición y cualquier diferencia como una amenaza.
La historia demuestra que la construcción de enemigos públicos ha sido utilizada por gobiernos de distintas ideologías y en diferentes momentos históricos. No es una práctica exclusiva de un país o de una corriente política. Cada vez que un liderazgo necesita fortalecer la cohesión de sus seguidores, justificar medidas excepcionales o explicar problemas complejos mediante un único responsable, aparece la tentación de fabricar un enemigo. La psicología explica por qué este discurso resulta tan eficaz: las personas prefieren relatos simples, con héroes y villanos claramente identificados, antes que aceptar que los problemas públicos suelen tener múltiples causas y soluciones difíciles.
Por ello, la mejor defensa de una democracia no consiste únicamente en elegir buenos gobernantes, sino en desarrollar ciudadanos capaces de distinguir entre un adversario legítimo y un enemigo construido políticamente. Una sociedad que deja de cuestionar estas narrativas corre el riesgo de perder la capacidad de debatir, cooperar y reconocer la pluralidad que caracteriza a cualquier sistema democrático. Cuando el miedo sustituye a la razón, la política deja de ser un espacio para resolver diferencias y se convierte en un campo de batalla permanente.
Quizá la pregunta más importante no sea quién es el supuesto enemigo que nos presentan cada día, sino quién se beneficia de que creamos en su existencia. La historia enseña que las sociedades más libres no son aquellas donde todos piensan igual, sino aquellas donde es posible disentir sin ser señalado como una amenaza. Convertir al otro en enemigo puede generar réditos políticos inmediatos, pero también erosiona la confianza, rompe el tejido social y dificulta la construcción de acuerdos indispensables para enfrentar los verdaderos problemas colectivos.
Antes de aceptar que un grupo, una institución o una persona representa el origen de todos los males, conviene detenerse y preguntarnos: ¿estoy reaccionando a hechos verificables o a una narrativa emocional? ¿Quién gana cuando dejo de ver a un ciudadano como un adversario y comienzo a verlo como un enemigo? ¿Podría una democracia sobrevivir si todos terminamos creyendo que quien piensa diferente merece ser excluido en lugar de ser escuchado?




